CÓMO NOS AFECTA PSICOLÓGICAMENTE EL PASO DEL TIEMPO

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Cómo nos afecta el paso del tiempo. Por Vivat, Psicólogos en Oviedo

 ¿Vivimos más rápido cuánto mayores nos hacemos?

Puede pensarse que la fugacidad de la vida es una percepción a la que solo se accede con la edad. Aunque, paradójicamente, el paso del tiempo en términos relativos es mucho más rápido en la infancia y en la juventud. Y de eso vamos a hablar hoy.

El claro ejemplo es que para un niño de 3 años, un año vivido constituye nada menos que un tercio de toda su trayectoria vital. Y da para mucho, obviamente. La sensación producida así, puede ser que un año tarda más en transcurrir para un niño que para un adulto, para quien ese año solo añade otro más a una larga cuenta. Por eso se sucederían uno tras otro casi sin distinguirse. Y de ahí la tan pretendidamente acusada sensación de fugacidad del tiempo en la edad adulta.

No es cuántas cosas vives, sino cómo las vives

Pero no es un problema de rapidez o lentitud, sino de intensidad. El niño, como el joven, vive su año como un período pleno de experiencias y descubrimientos. Y, por lo común, eso limita su capacidad de volver la vista atrás. Siempre mira hacia adelante. Ya sea con ilusión, esperanza o temor.

El adulto, por contra, progresa en la vida pero sus recuerdos empiezan a sobreponerse a sus expectativas. La tendencia a mirar más hacia el retrovisor que hacia la carretera no es un tara senil, sin embargo. Es la consecuencia lógica del que busca en su experiencia – a veces arduamente adquirida – la guía más segura para afrontar lo que ha de venir.

Todo esto debería implicar que los adultos sean dolorosamente conscientes de la fugacidad de la vida. Y los niños felizmente inconscientes. Pero no es así, sino al revés. A pesar de lo que pueda parecer a primera vista.

¿Por qué el tiempo pasa tan despacio para algunos?

Precisamente porque el adulto acumula años y años tras de sí y porque en su recuerdo, muchos se parecen de forma casi indistinguible, vive el tiempo de otra manera. Y ese aparente estado de inalterable permanencia en la existencia le lleva a interiorizar que esta se prolongará ad infinitum. En definitiva, que el tiempo no pasa, no avanza. O si lo hace, es a un ritmo lento, cansino. Esto es algo más bien propio de la mediana edad. Podemos sentir que envejecemos demasiado rápido para lo que nos gustaría pero el tempo de nuestra vida va decelerando. Nueva paradoja.

No es que un adulto mayor tenga la sensación de que la vida se le escape, sino de que cada vez parece tener menos que ofrecerle. Suena algo drástico, y nada alentador, pero las raíces psíquicas y cognitivas de este sentimiento están ahí. La insoportable levedad del ser, con el tiempo, puede convertirse en algo más que un título famoso y no aplicable solo a una trama de problemas afectivos y de pareja, sino a la vida en general.

No se trata de una visión pesimista de la vida que la edad imponga necesariamente sobre las personas mayores. Se trata del hecho objetivo de que la capacidad de asombro disminuye en quien ha ido acumulando más experiencias, sean estas las que sean. Pues en el mismo hecho de vivir e interpretar nuestras experiencias la subjetividad manda.

Percibimos el tiempo de manera diferente

Así, para un niño o adolescente su primer campamento será un hito imborrable; para una persona de avanzada edad acampar puede resultar interesante en el mejor de los casos y en el peor, una incomodidad a la que evitará someterse a cualquier precio.

Y a la inversa, para un joven estar sentado mirando un atardecer escuchando su propia respiración puede no ser más que una colosal pérdida de tiempo, y para una persona mayor la fuente de un gozo sereno y profundo. Cada uno lo vive como lo siente. Un principio básico de la psicología cognitiva.

El tiempo huye: sí, es cierto

Aquí es donde entrarían en juego los consejos de psicólogo de baratillo que todos conocemos. Hay que vivir la vida intensamente sin importar lo mayor que se sea. O que la edad es sólo un estado mental. Y tienen su parte de razón. Lo que ocurre es que conviene objetivizar al máximo nuestras percepciones y tampoco se puede generalizar.

Sin embargo, puestos a hacerlo, podemos tener en cuenta que para un joven el tiempo sí que huye – tempus fugit decían los clásicos – Cada día puede ser tan intenso que no deje apenas tiempo para paladearlo. Y, menos para la retrospectiva. Será difícil acordarnos de lo que hicimos ese día si el siguiente es aún más excitante. Y siendo jóvenes esto puede pasar. Se vive más pero todo va muy rápido.

El tiempo que pasa, que pesa y que pisa

Por eso – otra paradoja – aconsejar a los mayores realizar actividades novedosas sin descanso como receta para vivir al máximo podría ser contraproducente. Si disfrutan más, tendrán la sensación de vivir menos. O más rápidamente. Quizás demasiado.

Sí, de acuerdo, es una exageración, pero el principio es el mismo. Pura psicología popular. Una hora castigado sin salir de la habitación puede durar años, mientras que el mismo tiempo en cualquier situación agradable en extremo se esfumará en segundos. Todo el mundo lo sabe.

Y es que después de todo, no es que los años pasen en un desfile cada vez más acelerado para los mayores, sino lo contrario. Los años se dilatan, y en esa rutina en la que se van diluyendo en nuestro recuerdo, pierden sustancia progresivamente.

Lo único que acrecienta esa sensación de huída y escape es la perspectiva de la muerte. El punto de fuga definitivo. Al que nos acerca con paso no firme pero sí inexorable, cada año, cada día, cada minuto que vivimos.

Suena mal, cierto, pero es una de las pocas verdades no cognoscibles por la experiencia que se muestran más evidentes a las personas mayores y no tan mayores. Y no debería haber nada de malo en ello. Me refiero a contemplar serenamente la eventualidad de ese heho inevitable, cada vez menos improbable. Son los retos que se afrontan habitualmente desde la psicología del envejecimiento.

Pensar que podríamos morir esta noche sí puede propiciar el sentimiento de que la vida se nos va. Pero así y todo sería una sensación completamente incoherente con la experiencia del vivir cotidiano de un adulto, para quien la novedad es una presa cada vez más esquiva. Y, por consiguiente, para quien el tiempo se ralentiza conforme más vive, como explicábamos antes. Pues es el cambio el que alimenta la sensación del transcurrir del tiempo.

En definitiva, la persona de edad provecta, no es que sienta pasar los años más rápido. Es que le quedan menos, simplemente. Y con cada año que se escurre lentamente por el sumidero de ese gigantesco reloj de arena en que se va convirtiendo la vida, se va la certeza de que no ha de volver. Esa es una forma de verlo, claro está. Pero no la única.

La parte buena, es que la perspectiva que proporciona la edad suele ser fértil en sabiduría. Y esto permite a las personas mayores orientar sus prioridades con arreglo a las enseñanzas adquiridas. Quizás no vivan más ni mejor que un joven, pero vivirán – viviremos – más deliberadamente, que no es poco.

En resumen, afrontar el paso del tiempo en cada edad de la vida invoca visiones contrapuestas. Visiones entre las que cada uno busca su mejor equilibrio, en función de personalidad, inclinaciones y gustos. Desde los partidarios del conocido slogan “Vive rápido, muere joven y dejarás un cadáver bien parecido” a los atentos lectores de las “Meditaciones” de Marco Aurelio y sus recomendaciones para una vida serena basada en la aceptación. Hay dónde elegir.

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